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jueves, 6 de febrero de 2014

¿Evitamos el dolor?

Día 365+331
Comentando lo que me despierta la lectura de:
De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. México,
Random House Mondadori (Debolsillo), 2013.



El dolor es una de las sensaciones corporales que la mayoría de las personas no buscamos experimentar porque nos causa un pesar, una molestia que no es agradable ni deseable, sino todo lo contrario. He escuchado a algunas personas que dicen que hay dolores necesarios, como cuando alguien se opera, o en el momento del parto, pero muchas son las personas que piensan todo lo contrario y que si es posible lo eliminan. ¿Tú qué opinas?  



“[…] En cuando al dolor de la desfloración, no va acompañado precisamente de placer; todas las mujeres temen los sufrimientos del parto, y se alegran de que los métodos modernos de los ahorren. […]”(p.340)




Pensaríamos que cualquier en su sano juicio si pudiera evitaría el dolor, pero también podemos escuchar opiniones que dicen que prefieren que les duela, por ejemplo el parto, porque de lo contrario, no sentirán el mismo cariño por el hijo. Así que muchas personas creen que aquello que no te duele, no lo valoras. Suena contradictorio pero es real que existen estas dos opiniones. Yo considero que el dolor, así como la alegría, es parte de nuestras vidas, y que por más que queramos no lo podemos eliminar pero que si podemos minimizarlo ¿por qué no? La vida es las dos caras de las monedas, así que tratar un equilibrio sería lo mejor.  [1]
















[1] http://www.psicologaenpracticas.com/dia-2-practicando-mindfulness-en-un-templo-budista-meditando-sobre-el-dolor/

miércoles, 5 de febrero de 2014

El dolor en el erotismo

Día 365+330
Comentando lo que me despierta la lectura de:
De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. México,
Random House Mondadori (Debolsillo), 2013.




Una de las creencias que tenemos en relación con la vida sexual es que esta debe ser con ternura y lenta, que todo aquello que sea arrebatado, brusco o “sádico” es innatural, que no es propio de un hombre o mujer educado, civilizado, coherente sino que con esto se tiende a la locura, el sadismo, el desenfreno y lo insano. Pero como bien lo dije desde el principio, es sólo una creencia, que como cualquier otra, la podemos cambiar o modificar si logramos ver al dolor desde otro punto de vista.  



“[…] El dolor forma parte normalmente del frenesí erótico […] y sabido es que lo exquisito y lo doloroso se tocan […] Abrazar lleva fácilmente a morder, pellizcar, arañar; estas actitudes no son generalmente sádicas; expresan un deseo de fusionar, no de destruir; y el sujeto que las sufre tampoco busca renegarse y humillarse, sino unirse […]”(p.339)



Si penamos que el dolor que se puede dar al ser amado en una relación sexogenital no es con el propósito de lastimar sino de unir, la concepción cambia, pero tampoco creo que sea fácil lograr este grado de excitación y deseo por el otro que nos lleve a tener arrebatos violentos como morder, arañar, etc. Creo que para que esto se logre placenteramente debe de haber un número de condiciones que lleva a la total y absoluta entrega de los amantes en este momento, a tal grado que nada ni nadie importa en ese instante. Si alguna vez has experimentado el dolor desde el erotismo comprenderás de lo que hablo, y que no se trata sólo de experimentar golpeando, sino que es una entrega mutua de los amantes.[1]















[1] http://iescritor.wordpress.com/category/erotismo-2/

martes, 31 de diciembre de 2013

Trastornos menstruales

Día 365+294
Comentando lo que me despierta la lectura de:
De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. México,
Random House Mondadori (Debolsillo), 2013.


                                                                                    Espero de todo corazón que este fin de año 2013 sea sólo en inicio de una excelente 2014 lleno de alegrías, logros, amor y sobre todo salud, y salud visual para que continúen conmigo en este gran reto. Con todo mi amor y cariño: Ruth


Toda mujeres de forma natural vivimos el proceso de menstruación, para algunas desde edades muy tempranas, he sabido de casos que desde los ocho años de edad, y para otras en un poco más de tiempo, entre los quince y dieciocho, pero más tarde que temprano todas lo llegamos a presentar. Como bien sabemos este es un ciclo mensual que se da en el momento en que el óvulo, que fue liberado días ante desde el ovario, no se fecunda ni se implanta en el útero para dar una nueva vida, así que es liberado junto con toda la pared uterina, es como limpiar la casa. Pero esta limpieza es difícil para muchas mujeres y no sólo por la salida de sangre, sino por todos los trastornos que llegamos a presentar. 



“[…] La crisis menstrual es dolorosa: jaquecas, cansancio, dolores de vientre, hacen penosas y hasta imposibles las actividades normales; a esos malestares se añaden con frecuencia trastornos psíquicos[…] hacen del cuerpo una pantalla que se interpone entre la mujer y el mundo, una bruma ardiente que pesa sobre ella, la asfixia y la separa […]” (p.270)



Privilegiadas son aquellas mujeres que no llegan a presentar ningún problema como los mencionados en la anterior cita, porque la mayoría hemos tenido que aprender a lidiar con ellos o a enloquecer. Estas molestias llegan a ser tan fuertes que muchas hemos caído en cama, y en el mejor de los casos con algún medicamente lo podemos sobrellevar, pero en otros no es así, en especial cuando hablamos de nervios e irritabilidad.


Si tú has padecido esto entenderás de qué hablo y le darás la razón a la anterior cita de que estas molestias se convierten en una ventana entre las mujeres y el mundo, no se mira igual las cosas y las situaciones estando en una condición así, todo es color gris, doloroso y tortuoso. Si eres hombre, te invito a ser empático y trata de ponerle atrás de la ventana de una mujer padeciendo dichos trastornos y entenderás muchas cosas. [1]







domingo, 1 de diciembre de 2013

Las heridas de un hijo al no expresar sus sentimientos en una familia machista

Día 365+264
Comentando lo que me despierta la lectura de:
De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. México,
Random House Mondadori (Debolsillo), 2013.




Nacer, crecer y ser educado en una familia machista es indudablemente aceptar (aunque sea a punta de golpes y maltratos) que la autoridad máxima en la casa es el padre. Él es el que tiene el poder total y absoluto no sólo de los bienes materiales sino de la esposa y los hijos, todas las decisiones dependen de él y la madre tiene que acatar todo lo que el señor dispone. Esto no es algo que yo invento, ni la escritura de este libro, sino que es algo que podemos constatar constantemente con algunas personas que tuvieron una familia con este patrón, que si lo pensamos bien no sólo es exclusivo de algunos, sino que todos los mexicanos estamos trastocados por dicho patrón aún en mayor o menor medida.



“[…] es sobre todo a los varones a quienes se les niegan, poco a poco, besos y caricias […]” (p.210)




Recuerdo que hace poco, en una reunión con amigos, algunos de ellos platicaban de la nula expresividad que tenían sus padre con ellos cuando niños; el padre se presentaba lejano, poco cariñoso, inexpresivo de sus sentimientos, porque los hombres “deben” ser así, y los hijos sentían ese rechazo, esa falta de calor paternal como una patada de mula. Todos, al contarlo, se les notaba un dolor en el alma por la ausencia del amor paternal, que en algunos casos fue dado por la madre, pero que en otros ni por ella.
Por desgracia, ante la angustian de la soledad, que todas las personas experimentamos en especial en nuestra niñez, el machismo al no dejar que el hijo en especial, reciba caricias y palabras de amor, sino que además de negárselas le prohíbe que exprese su propio sentir con frases como: los hombre no lloran, no se quejan, no son maricas, etc. Por suerte  muchos padres y madres rompieron o están rompiendo con dicho patrón, y todos aquellos que fueron atrapados por el, pueden buscar ayuda para curar dichas heridas.[1]











viernes, 13 de septiembre de 2013

¿No se supone que la lactancia es indolora?

Día 365+184
Comentando lo que me despierta la lectura de:
De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. México,
Random House Mondadori (Debolsillo), 2013.







Cuando pensamos en lo que se “supone” una madre debe tener la capacidad de dar a su hijo recién nacido, seguramente muchas, como me pasó a mí, sentimos desesperación, tristeza y frustración al no sentirnos al cien por ciento bien, lúcidas y alertas. ¿Pero de dónde viene estás ideas? Por lo menos a mi me surgieron de lo que oyes de otras madres, desde el momento en que uno entiende, o cree, que debe sentir un flechazo de amor por el hijo, y lo primero que se nos viene en la mente a muchas es temor. Y cuando pasamos en la lactancia, las cosas son muy similares.



“[…] La lactancia es también una servidumbre agotadora […] la subida de esta es dolosa, va con frecuencia  acompañada de fiebre y la madre alimenta al recién nacido con detrimento de su propio vigor. […]” (p. 41)




Yo recuerdo que me cuestionaba mucho del ¿por qué me dolía tanto el amantar? ¿qué no se suponía que tendría que ser algo no doloroso, natural? Lloré y desesperé. Pero ahora entiendo que todos estos sentimiento tienen mucho que ver con el hecho de los ideales que nos hacemos en combinación con todos los cambios hormonales que vivimos en el momento. Muchas mujeres en el posparto somos un remolino de sentimientos, emociones y cambios corporales, y además, como fue en mi caso, dolor inicial (como un mes) para lograr acostumbrar a mis pezones a la lactancia.


Así que si tú te sentiste igual que yo, no creo que tengamos que avergonzarnos por decirlo, porque estoy casi segura que mucha lo hemos experimentado igual, pero que en ocasiones no lo decimos por no sentirnos malas mamás. [1]