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domingo, 27 de octubre de 2013

La complejidad de los mitos

Día 365+228
Comentando lo que me despierta la lectura de:
De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. México,
Random House Mondadori (Debolsillo), 2013.





¿Alguna ves le has preguntado a algún hombre si le hubiera gustado ser mujer? Yo que recuerde, una pregunta así tal cual, no; pero lo que sí he oído es conversaciones donde noto que los hombres no aceptan ser feminizados. Ejemplo más claro sobre esto es el juego de los albures en México, porque detrás de todo ese palabrerío, que parecen insignificantes, lo que se esconden y buscan los contrincantes en reducir al otro a mujer, el poseerlo, penetrarlo, gana quien es puesto en un plano de sumisión.



“Siempre es difícil describir un mito; no se deja asir ni cercar; asedia a las conciencias sin jamás haberse plantado ante ellas como un objeto fijo. Es tan ondulante tan contradictorio, que al principio no se descubre su unidad. […]” (p.143)



Los mitos al no estar basado en hechos comprobables, como en el caso de la ciencia, no podemos hablar de leyes que le sean constantes. Un mito al ser parte de una cultura que pasa de generación de boca en boca por sus habitantes, va perdiendo, ganando, aumentando o disminuyendo y casi nunca pasa idéntico de unos a otros. Por eso el mito es algo escurridizo, no se puede atrapar, ni es propiedad exclusiva de nadie, cada persona le pone o quita. Este es el gran dilema con todos aquellos mitos que rodean a las mujeres, mitos como lo relacionados con la menstruación, pero de esto hablaré más adelante en otra entrada. [1]



































martes, 9 de julio de 2013

Sólo son cosas que impresionan

Día 365+118
Comentando lo que me despierta la lectura de:
Muñoz Molina, Antonio: El dueño del Secreto. España,
Espasa Calpe, 1999.



Analizando mi niñez he infancia, en el sentido económico familiar, para empezar claro está que no tenía un empleo formal, el cual me diera ingresos fijos, pero sí recuerdo que desde una temprana edad me ayudaron mis padres a tener algunos dulces que vendía en la primaria; ya más grande vendí zapatos, chácharas y ropa para tener algo de dinero. Mi familia nunca fue de darnos grandes lujos, en primera porque no se tenía el recurso necesario para hacerlo y en segundo porque no era lo mejor para nuestro desarrollo y educación.



[…] A los dieciocho años y en el estado de amarga necesidad en que yo me encontraba, cualquiera que tuviese una vida decente me parecía un potentado: incluso los compañeros de pensión que disfrutaban de un cuarto individual ya les atribuía desmedidos privilegios sociales. […]" (p. 18)



No puedo decir que me identifico fielmente con la anterior cita, pero sí puedo decir que en algún momento de mi vida, sentía que alguien al tener una tarjeta de crédito, un carro o cierta ropa,  eran "ricos", me engañaban las apariencias. Ahora entiendo que las cosas son cosas y que la cantidad que se poseen no indica realmente la posición económica, mucho menos humana, y siento que he comprendido que esto tampoco marca la diferencia entre la felicidad y la tristeza porque hay quienes asombran con lo que tienen y quienes se dan a querer por lo que son.[1]











lunes, 8 de julio de 2013

Sólo son ideas

Día 365+117
Comentando lo que me despierta la lectura de:
Muñoz Molina, Antonio: El dueño del Secreto. España,
Espasa Calpe, 1999.



Cuando estamos sumergidos en las actividades diarias, vamos haciéndonos una lista mental de todas aquellas cosas que quisiéramos hacer, como ir al cine, teatro, a comprar algo, visitar a un viejo amigo o un familiar lejano que tiene mucho que no se visita; por desgracia estas ideas se quedan en sólo eso, y no se llevan a cabo ya sea porque no se puede salir de  la rutina diaria que es absorbente, o no nos damos un tiempo, que creemos no tener pero que bien valdría la pena llevarlo a cabo.



[...] Yo siempre diciéndole a mi mujer, <<tengo que llevarte a Madrid, a que conozcas a Ataúlfo>>, y se van dejando las cosas de un año para otro, se va cargando uno de tareas y de hijos y de pronto se entera de que la visita que postergo tantas veces ya ha sido definitivamente cancelada.[…]  (p. 17)



Tenemos la mala costumbre de dejar las cosas a la mitad o definitivamente no empezarlas. Somos expertos en dejar todo para el futuro, que nunca llega, una larga espera que se traduce en un eterno mañana. Si estas ideas que no vuelven realidad, pueden convertirse en nuestras enemigas porque al ser ideas deseadas, se transforman en frustraciones. No soy experta en el tema, ni sicóloga, sólo hablo desde mi experiencia. ¿Tú qué opinas? [1]










sábado, 3 de noviembre de 2012

¿Real o imaginado?


Día 234
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 James, Henry: Otra vuelta de tuerca, Madrid, Unidad Editorial (Millenium, las 100 joyas del milenio), Trad. Domingo Santos, 1999.


Parte de nuestra condición como seres humanos, es que estamos constantemente alertas, con nuestros cincos sentidos en lo que nos ocupa o preocupa. Somos presas fáciles de nuestros sentimientos, que van desde la total alegría, pasando por la tranquilidad hasta la angustia extrema, aterradora. Las cosas que nos lo pueden causar puede ser desde nuestra trabajo, en la calle, nuestro hogar, etc., por todo y nada a la vez. Digo esto porque bien puede ser desde un susto por algo real o irreal, o una alegría que igual puede ser imaginaria solamente.


 “[…]Le indiqué la posibilidad de que si se repetía –porque eso lo daba por sentado- podía llegar a acostumbrarme al peligro […]”(p.52)


Pero el vivir en contantes emociones extremas, no creo que nos lleven al hecho de acostumbrarnos a ellas. Porque una costumbre es algo que pasa constantemente y creo que el vivir, por ejemplo, con miedo a todo momento no es algo a lo que se acostumbre el cuerpo. O, si se llegara a  acostumbra, el resultado no sería del todo favorable. Recuerdo que en alguna ocasión me explicaron que al sentir sobresaltos, miedos o malas impresiones nuestro cuerpo segrega adrenalina que, en constantes dosis no es del todo benéfico. Así que constantes sentires de este tipo llevan a la ansiedad o depresión; en este punto, que es en el que se encuentra la  protagonista de esta novela, cabe la posibilidad que lo que se ve o siente sea sólo producto de nuestra imaginación. [1]