lunes, 9 de diciembre de 2013

El precio de ser una niña diferente

Día 365+272
Comentando lo que me despierta la lectura de:
De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. México,
Random House Mondadori (Debolsillo), 2013.





Me identifico mucho con esta entrada porque cuando era niña, como de unos siete años, recuerdo que no me gustaba mucho jugar con las niñas porque lloraban y decían que yo era muy ruda, mis amigos eran niños con los que jugaba a la pelota, las canicas, la bicicleta, a las escondidas, y por ello recuerdo que alguien me llegó a decir marimacha. Muchas niñas, como yo, al no ser educadas arduamente con el estereotipo de una niña “bien”, las que no corren, no pega, sino que lloran, tuvimos que pagar el precio del desprecio y rechazo de las que sí lo fueron.



“[…]He conocido en una aldea unas niñas de tres y cuatro años a quienes su padre hacía llevar pantalones; todos los chicos las perseguían,  gritando: <<¿Son muchachos o muchachas?>>,y pretendían comprobarlo: hasta que las niñas suplicaron que les pusiesen vestidos. A menos que lleve una existencia solitaria, incluso si los padres autorizan sus maneras masculinas, el entorno de la pequeña, sus amigas y profesores no dejarán de sentirse escandalizados.[…]” (p.221)



El ser una niña “diferente” , por no decir en realidad libre de muchos estereotipos, es difícil de entender y llevar , y sé que no siempre se acepta. A mí me pasó así, después de algún tiempo de ataques por no ser igual, empecé a tratar de ser como las otra, de agradar a los otros, de llegar a ser aceptada, y poco a poco, sin darme cuenta, fui cayendo en ser una “buena” mujer, pero el precio es peor aún: renunciar a la autonomía.
Hoy no me puedo decir que estoy renovada, que todo es sensacional, espectacular y felicidad porque estoy trabajando con la lucha interna que conlleva en despertar de una realidad machista, de darme cuenta que de forma no intencional, elegí lo que nunca me gustó y que ahora decido dejar, pero sé que todo precio a pagar también tendrá un premio a cambio.[1]