martes, 30 de abril de 2013

Fin de Disciplina con amor


Día 365+48
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



Esta es la última entrada sobre este libro. Muchas son las cosas de las que escrito, y todas de gran importancia, para lograr disciplinar a nuestros hijos, pero no desde una educación autoritaria ni permisiva, sino una propuesta de educación inteligente en donde se busca, no eliminar ninguna de las dos anteriores, sino una que sea equilibrada y respetuosa.


Si nosotros como padres, que somos los responsables de darles lo mejor  a nuestros hijos, no empezamos con nosotros mismos, sabiendo primero  qué tenemos, para poder partir de ahí y dar, no podremos cumplir con dicha obligación. Las posibilidades, de lo que somos capaces de dar, es casi infinita y vale la pena luchas por alcanzar lo deseado con nosotros y con nuestros hijos. Aunque la tarea no será fácil tampoco es imposible.



“[…] Nos engañamos cuando decimos que somos víctimas de la realidad que nos limita: somos nosotros mismo, con nuestras creencias, los que nos restringimos, los que nos creamos una realidad reducida y contraída, cuando podríamos tener una realidad plena y abundante.” (p. 212)



En relación con la anterior cita, estoy casi totalmente de acuerdo, porque las personas que no viven como nosotros, en un país con más libertad de expresión a comparación de algunos de medio oriente, las limitaciones sí pueden ser, no sólo personales, sino políticas, sociales, económicas. Pero nosotros, inmersos en otro tipo de creencias y ritmo de vida, no deberíamos tener pretexto para no potenciarlo. Así que este libro no sólo nos abre las puertas para formar mejores hijos, sino antes que todo para ser mejores personas.[1]










lunes, 29 de abril de 2013

Obligados a corregir a nuestros hijos


Día 365+47
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.


Seguramente te ha tocado oír, como a mí, a padres que cuando ven que sus hijos están de intranquilos, por ejemplo en alguna tienda, agarrando todo, les dice: “deja ahí porque te va a regañar el policía” –o la señora, o el joven o el maestro-. Me pregunto ¿por qué otro tiene que hacerlo? ¿Acaso no está ahí el padre, madre o tutor para hacerlo? ¿Por qué quieren que otros sean los “malos”? Siento que es porque la mayoría no saben cómo corregir en el momento a los hijos, y aunque como padres es nuestra responsabilidad, como dice la autora de este libro, es más sencillo pasarla a un tercero, ajeno a la familia, que difícilmente le dirá al padre “yo por qué, hágalo usted”.



“[…] El modo como corregimos puede llevar al niño a crecer seguro, confiado y positivo, o devaluado, resentido y lastimado. Si como adultos aprendemos a corregir de manera respetuosa, el hijo crece con su autoestima intacta, pues sabe que, aunque a veces hace cosas incorrectas y se equivoca, de todas formas en querido y aceptado.[…]” (p. 201)



Considero que la forma respetuosa de corregir a un niño, es la misma que nos hubiera gustado que nos aplicaran a nosotros cuando éramos pequeños, aquellas en donde no nos sintiéramos mal, lastimados u ofendidos. Pienso, por ejemplo, si cuando era pequeña e interrumpía una conversación entre adultos, me sentía muy lastimada si me decían en todo fuerte y con cara mal humorada: “¿Quién te pidió tu opinión? ¡Cállate!” ¿No crees que esto lastime a cualquiera? ¿Cómo te sentirías tú? Pues igual se sienten nuestros hijos. Insisto en que creo que muchas de las respuestas están dentro de nosotros, en nuestro sentido común, valores e ideas.[1]









domingo, 28 de abril de 2013

¡No me gusta que me comparen¡


Día 365+46
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



Esta parte de mi actual lectura me hizo recordar algo de mi infancia –que por suerte no fue muy frecuente- que es el que te comparen con otros niños, jóvenes o adultos, ya sea con el hermano,  primos, amigos, vecinos, etc. Que si son de la misma o casi de la misma edad, que este ya camina, ya habla, ya avisa del baño –cuando son bebés-; ya estando en la escuela, que si ya sabe las tablas, o es más sociable, lee mejor, etc.; y de adolescentes si ya tienes el periodo, o está más grande y desarrollado, si va a ir a la preparatoria tal, etc. Es un comparar voraz que lo único que lleva es a la baja autoestima, y una competencia absurda.



“Los padres comparan a los hijos porque piensan equivocadamente que es una manera de motivarlos a mejorar. Las comparaciones, lejos de estimularlos, los desalientan y los hacen pensar que entonces no tiene un valor propio.[…]” (p. 184)



La intención tal vez es buena, pero el medio es erróneo. Todos aquellos que en algún momento, con mayor o menor frecuencia, lo vivieron, entenderán lo que se siente y que gran razón tiene la anterior cita. No basta con intentar evita no comparar a nuestros hijos, sino que tenemos que sacar de nuestra mente, como padres, esa semilla que nos hace, consciente o inconscientemente, estar más pendiente en las similitudes y diferencias entre nuestros hijos y los ajenos, y ver más sus cualidades y ayudarlos a corregir sus defectos. [1]








La importancia del autocontrol


Día 365+45
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



¿Qué significa controlarse? Es “Dominar y contener las propias emociones, sentimientos o ideas.”[1] Me atrevo a decir que actualmente he notado, por lo menos en la ciudad, que muchas personas no se controlan, los ejemplos sobran: en la cola para las tortillas, en el metro o auto, en las tiendas, etc. Gran cantidad de brotes parecidos podemos observar; por desgracia esto es lo que nuestros hijos ven, sientes y si no ponemos atención, lo imitan.


“[…] Cuando queremos evitarles a nuestros hijos todo tipo de molestias no los ayudamos a ser adaptables. Crecen pensando que debe ser la vida la que se debe adaptar a ellos, en vez de que sean ellos los que se adapten a la vida. […] el autocontrol nos permite tomar las riendas de nuestras vidas en vez de que vivamos a expensas de nuestros deseos, caprichos y emociones.[…]” (p. 183)



Si nos preocupamos por desarrollar esta capacidad podremos sentir que nuestra vida es más confortable, porque la realidad es que no siempre podemos obtener lo que deseamos; nuestra realidad está compuesta de nosotros como individuos, nuestra vida y decisiones, pero también de lo que nos rodea, nuestro entorno, del cual no tenemos un control total.



Por ello es importante ayudar a nuestros hijos a desarrollar el autocontrol, porque al no hacerlo estamos enseñándoles algo no verdadero: el mundo está hecho a nuestra medida. Tampoco quiere decir que debamos enseñarles a aceptar todo, aunque sean cosas que no sea adecuadas, pero sí podemos ayudarlos a que sean más adaptables con el medio para que saquen el mejor partido posible a las situaciones que se les presentarán en su vida. La cuestión sería ahora ¿Cómo lo podemos lograr? Un buen inicio es empezar con nosotros y poder dar un excelente ejemplo, ¿No creen? [2]







viernes, 26 de abril de 2013

Hijo, no eres una propiedad


Día 365+44
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.


Que gran mentira esa frase, que he escuchado a algunos padres respecto a sus hijos, de que “son míos y si quiero me los como” haciendo alusión a que pueden hacer lo que quiere y cuando quieren con ellos. Por ejemplo si se les ve que les pegan, estando en la calle, y alguien les dice algo, este tipo de padres suele soltar dicha burrada, como si los pequeños fueran un producto, una cosa más que les pertenecen.



“[…] Si pensamos que somos sus dueños, entonces, creemos equivocadamente que  tenemos derecho a disponer de sus vidas a nuestro antojo.[…]” (p. 159)




Es un grave error creer que somos “dueños” de una vida, sólo somos guías; no por el hecho de tener que mantenerlos y educarlos los vuelve un auto, una cosa o cualquier otro producto que podamos disponer de ellos a nuestro antojo.


Indudablemente, de eso estoy segura, en algún momento mi hijo hará su vida, decidirá sobre su futuro y sus decisiones no serán mías, sino de él. El creer que él me pertenece, no sólo me llevará al quererlo dominar, sino a la infelicidad total. No creo que esto me llevará, a la larga, a tener una buena relación con él, sino todo lo contrario. Esto no lo deseo para mí, ni para nadie que quiera ser feliz. ¿Tú qué opinas? [1]






jueves, 25 de abril de 2013

Mis principios ¿serán el carácter de mi hijo?


Día 365+43
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



Si es verdad que los hijos son reflejo de los padres, entonces deberíamos preocuparnos por lo que vemos en ellos, en especial si son enojones, agresivos, testarudos, contestones, etc. No hablo de hijos con una edad que ya eligen su camino, pensando en jóvenes mayores de dieciocho, sino de los pequeños, de los que aún están viendo, repitiendo y aprendiendo de nosotros, de aquellos que están en vísperas a formarse un carácter, que si no es totalmente propio, si será una gran parte mientras empiecen a decidir por sí solos.  Pero, ¿qué es esto del carácter?



“Si, por ejemplo, la veracidad es uno de mis principios y tengo carácter, trato de decir la verdad en toda circunstancia. Pero si sólo la digo cuando me conviene, o cuando no me queda de otra, y miento para quedar bien o para sacar provecho, entonces no tengo carácter. El carácter se mide según la frecuencia con la cual aplico mis principios.[…]” (p. 150)




Esta definición, que nos ofrece la autora de este libro, me hace pensar en lo que le enseño a mi hijo, cuáles son mis principios y qué tan bien puestos los tengo y cuán seguido los ejerzo. ¿Tengo como sujeto un carácter definido que me lleve a poder trasmitirlo como padre? Es algo que necesito autoevaluar, porque no puedo enseñar, trasmitir algo que ni yo misma llevo a cabo. [1]






miércoles, 24 de abril de 2013

Confianza ciega


Día 365+42
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



¿Por qué los niños se van con cualquier persona? Cuando somos pequeños aún no tenemos la capacidad de distinguir a las personas que tienen malas intenciones de las que no. Si la persona, o la situación, es atractiva, el niño va sin pensar en las consecuencias, porque esta capacidad de saber cuál es la reacción de cierta acción no es visible para él, no tiene aún la experiencia para definirlo.


“El niño pequeño confía en todo y en todos lo que lo rodea, no tiene la experiencia para distinguir y darse cuenta cuando alguien le miente o lo engaña. Está totalmente abierto al mundo y tiene lo que llamamos “confianza ciega”. De ahí la gran responsabilidad que tenemos como adultos frente a él. […]” (p. 150)


Así es, tenemos una gran responsabilidad con nuestros hijos ante esta confianza ciega, porque están expuestos a cualquier abuso, por parte de otros adultos, que ellos no logran predestinar. No podemos pensar que el niño tiene la capacidad para saber qué, o quién, le harán bien, por eso nosotros como padres, tenemos que protegerlos mientras logramos que ellos mismo sepan valorar las situación, y a las personas, y que el día de mañana, sepan confiar sólo en quien lo merece. Qué tarea tan importante tenemos en nuestras manos.[1]








martes, 23 de abril de 2013

Supervisar


Día 365+41
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



En la edad que actualmente tiene mi hijo me es complicado no dejar de decirle que no haga ciertas cosas porque creo que se pude hacer daño, como jugar en los cuatro escalones de la entrada; prefiero no arriesgarme. Aunque en otras ocasiones sí he de reconocer que no lo dejo por miedo, no sé si fundado o no, por ejemplo, el dejarlo tomar, viéndolo, agua en un vaso de vidrio agarrado sólo por él. Sé que no debo fundarles miedos e inseguridades, pero es complicado saber en qué casos lo son, y en cuáles no.


“Supervisar significa que lo observa de reojo y guarda silencio. Sólo intervenga si lo siente verdaderamente indispensable. Hay que tener paciencia y corregir lo mínimo para no desanimar.” (p. 138)



Estoy totalmente de acuerdo en que sólo debemos supervisar lo que hacen, pero creo que esto tiene que ir cambiando de acuerdo con su edad. Por ejemplo si es un niño muy pequeño no podemos permitir que esté cerca de los detergentes, o abriendo y cerrando las llaves de la estufa. En estos casos es mejor apartarlos definitivamente, pero en otros, como cuando están jugando no creo que sean necesario estar molestándolos a cada momento, es suficiente con supervisar, y con todo ello, ayudarles a su desarrollo.[1]




lunes, 22 de abril de 2013

Predicar con el ejemplo


Día 365+40
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



Qué fácil es hablar, decir, pero que complicado actuar. Muchos podemos decir cosas, que si somos o hacemos esto u otros, sólo teoría;  pero pocos son los que realmente lo son, lo hacen, lo ponen en práctica.  En ocasiones cuando la teoría, lo que pensamos, es demasiado pretencioso, y cuando tenemos que llevarlo a la práctica, lo que hacemos, nos llevamos con grandes sorpresas, decepciones, frustraciones o alegrías. No todo lo que se dice fácil se hace fácil, y no todo lo que se ve complicado se realiza igual.


Imagina qué es lo que piensa, o siente, un hijo cuando decimos una cosa pero en realidad hacemos otra. Si decimos que no es correcto decir groserías, pero en el momento en que nos enojamos las soltamos, ¿qué pasa por la mente de nuestros pequeños? Como dice la autora de este libro, los confundimos.



“[…] el niño pequeño se apoya más en observar los movimientos que en escuchar explicaciones. En vez de hablar ponga en práctica sus habilidades y conocimientos. Puede acompañar lo que hace con explicaciones sencillas, pero nunca explique sólo verbalmente. El niño necesita ver como lo hace.” (p. 136




No puedo hablar, con total certeza y claridad, de cómo el cerebro, los pensamientos, se van estructurando en la mente, ni siquiera cómo neurológicamente se lleva el proceso de aprendizaje, pero sí puedo hablar desde mi experiencia personal y a través de mi hijo. Lo que Rosa, la autora del libro, nos dice en la anterior cita es algo que podemos constatar a cada momento, en especial con los hijo pequeños. Yo, por ejemplo, noto que mi hijo imita mis sonidos, mis movimientos, expresiones, etc. Él ahora aprende por lo que ve, más que por lo que entiende, es muy visual y sensitivo. Por eso tenemos que cuidar lo que hacemos, y cómo lo hacemos porque esto se les quedará grabados como una huella en su ser, tenemos que predicar y enseñar con el ejemplo.[1]




domingo, 21 de abril de 2013

Capacidad de elegir


Día 365+39
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



Definitivamente hay cosas en las cuales uno no puede decidir, como es el caso de los sucesos naturales, claramente lo pudimos ver con el temblor que azotó hace algunas horas en la ciudad de México (que hasta donde yo sé no hubo reportes de ningún daño a inmuebles o personas –yo la verdad no lo sentí-) porque escapan de nuestras manos, y hasta de nuestro entendimiento. Pero hay otras en las cuales sí tenemos esta capacidad de elegir, como es en el caso de las decisiones que tomamos para el bienestar de nuestros hijos. Pero esto que ya es algo común para nosotros, el poder elegir, para ellos no lo es; es algo que tenemos que irles ayudando para que poco a poco desarrollen dicha capacidad.



“[…] ¿Qué ser humano se puede desarrollar plenamente si no tiene la libertad de elegir? ¿Si no puede tomar sus propias decisiones y responsabilidades  de las consecuencias? Cuando controlamos a los hijos, los condenamos a quedarse permanentemente inmaduros.” (p. 117)



Recuerdo que hace unos años cuando mi hermano tendría unos 4 años, leí en algún lugar que es importante, para el desarrollo de la capacidad de elección y compromiso, dejar que los niños de esta edad, decidan cosas como cuanto arroz comer, qué pantalón usar, el color para un dibujo, etc. Cosas que para nosotros son tan fáciles de elegir, para ellos va haciendo que poco a poco vallan tomando la capacidad de elección. Claro está que, nosotros como padre, bien podríamos decidir por ellos en estas situaciones, pero si tomamos conciencia que es para que vallan desarrollando, poco a poco, este poder de elección, les estamos dando pequeñas dosis, que el día de mañana les podrá ayudaran a su desarrollo.  



He escuchado a varias personas que me han dicho, disfruta a tu hijo ahora que es pequeño porque llegará el momento en que decida hacer su vida y ni te pelará; yo espero, aunque esto me implique dolor emocional, que esto suceda, que algún día mi bebé sepa elegir, no lo que me guste, sino lo que sea conveniente para él y en especial que me sienta contenta de haberle ayudado en esta tarea de aprender a hacerlo.[1]








sábado, 20 de abril de 2013

Responsabilidades


Día 365+38
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



Como lo he comentado en otras entradas, no creo que exista una receta para educar exitosamente a los hijos, pero sí creo que mucho de lo que tener que hacer es de sentido común. Sé que mi hijo, al igual que yo, es un ser que tendrá momentos agradables y desagradables,  que llegará a estar alegre o tristes, contentos o enojado, etc. Soy consciente que parte de la vida son los contrarios, y que no sería sano estar siempre sólo de buenas o de malas; requerimos de unos momentos para poder valorar los otros; saber encontrar un balance entre uno y otros. Por eso al estar en sus actividades diarias, ahora que es pequeño, como guardar sus cosas, comer solo, jugar, etc. también tendrá instantes de flojera o actividad. En estos casos, yo como madre, ¿debo hacerle todo, aunque es pequeño?



“Estos padres muestran su cariño a través de facilitarles la vida al máximo, para que no necesiten esforzarse. Se convierten en sirvientes de sus hijos y consideran que su tarea también es evitarles cualquier molestia o decepción; y defenderlos de cualquier agravio o contratiempo. ” (p. 113)



Pero también sé que no puedo, ni debo, hacer todo lo que él pueda hacer por sí mismo, me lo dicta mi sentido común. Esta frase de “no soy su sirvienta” es verdad en la medida en que lo hacemos valer así, porque uno como padre lo permite; claro está que  hay responsabilidades que no les competen a nuestros hijos porque no son aptas para su edad, pero otras que sí lo son y tiene que ser hábitos llevados a cabo en el día a día. Ahora, ¿por hacer que mi hijo recoja, a su corta edad, sus juguetes o coma solo me hace mala madre? Yo creo que no. Tal vez habrá quien me diga que sí porque cómo pueda poner a alguien tan pequeño a trabajar. Para mí esto no es trabajo es educación, hábito, que el día de mañana será para el bienestar no sólo de él, sino de todos; esto no quiere decir que sea inflexible y de pronto no le ayude. ¿Tú qué opinas? [1]







viernes, 19 de abril de 2013

Buscando soluciones


Día 365+37
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



En la medida que vamos creciendo nos vamos enfrentando a diversos problemas que solucionar. Ese dicho de que “niños pequeños problemas pequeños, y niños grandes problemas grandes” creo por ahora que es muy cierto, porque a  nosotros como padres nos implica poner una mayor atención a las decisiones que tomamos en la medida que vamos avanzando en su crecimiento y apoyo para su desarrollo. Recuerdo que cuando  mi hijo tenía un mes, cuando lloraba sabía que mis opciones a revisar, para solucionarlo, eran pocas: estaba hecho popo, tenía hambre, frío, calor, algún dolor.  Así que la cosa era delicada, por ser un bebé pequeño, pero menos complicada.  Ahora que ya tiene un año las cosas han cambiado, ahora ya camina, empieza a decidir que quiere y que no, se aburre, se enoja, etc. En unas cosas es más sencillo, pero en otras tengo que pensar más en cómo empezar a corregirlo (Por ejemplo que quiere pegar) y continuar con todos los cuidados anteriores, como su alimentación.




“[…] buscamos que sea el niño quien busque distintas soluciones para su problema. Al abrirlo a muchas posibilidades, lo ayudamos a que perciba que un problema no tiene una solución, tiene muchas soluciones. […]Entre mayor sea el número de soluciones que yo pueda imaginar para solucionar un problema, mayor sería la posibilidad de éxito. Hay que enseñar al niño a pensar, en vez de pensar por él. […]” (p. 96)




Digámoslo de esta forma, cuando un nuevo ser empieza a descubrir el mundo, empieza a adquirir autonomía, también se empieza a darse cuenta que hay problemas que ir solucionando. Tal vez a nosotros como padres es más cómodo solucionarles todo, pero ¿esto les dará, desde ahora que son pequeños, las herramientas para solucionar sus problemas? Me imagino a mi niño tratando de subir y bajar una escalera solo, lo más sencillo (porque tengo prisa o por no tener paciencia) es agarrarlo de la mano y subirlo, aunque vea que él tiene la intención de hacerlo por sus propios medios, pero que mejor que le enseñe como agarrarse del pasamanos, o subir a gatas, o tomándolo de una mano despacio para que aprenda a coordinar sus pies, etc.



Creo que ahora que es muy pequeño yo puedo mostrarle las diferentes soluciones para un problema, para que el día de mañana él pueda hacer lo mismo que yo. ¿Será esto posible? Estoy segura que sí. Así que estaré atenta a sus necesidades y sus posibles soluciones. [1]






jueves, 18 de abril de 2013

Nueva alternativa: educación consciente


Día 365+36
Comentando lo que me despierta la lectura de:
 Piera, Gustavo: La travesía. 18 claves para llegar a buen puerto. Barcelona, Alienta Editorial, 2006.



En esta parte del libro, la autora nos presenta lo que es la propuesta de la disciplina con amor para los niños. Ya he comentado lo que se conoce como educación autoritaria (en donde el menor no tiene prácticamente ni voz ni voto) y la educación permisiva (el que permite todo), y en medio de estos dos se encuentra la educación consciente, porque la solución para una educación con disciplina y amor, no es la negación, o eliminación de alguna de las dos opciones, sino la nivelación de las mismas, para lograr un balance apto para el bienestar, no sólo de nuestros hijos, sino de nosotros mismos y de la sociedad.



“Escuchamos decir: “Equilibrio, equilibrio, eso es lo que necesitamos para educar, equilibrio”. Pero encontrar ese punto medio entre el autoritarismo y la permisividad requiere de algo que no llega solo: de la conciencia. Es nuestra conciencia la que sostiene el péndulo y nos permite encontrar ese balance que nos lleva a una relación distinta con nuestros hijos. Tener conciencia implica estar despierto, atento para no caer ni en un polo no en el otro. […]” (p. 96)




Esta consciencia creo que sólo la podemos adquirir siendo verdaderos observadores en nuestro actuar, porque como la propia definición de consciente no lo indica, es aquel “Que siente, piensa y obra con conocimiento de sus actos y de su repercusión.”[1] Para ello es necesario un total compromiso con la meta a cumplir: educar a nuestros niños con amor.



Inevitablemente pienso en aquellas madres y padres jóvenes y no tanto, que he visto varias en la ciudad, que no tiene un interés por sus hijos, porque les gritan, pegan, insultan, ignoran; claramente este tipo de padres no tiene una conciencia real de lo que quieren para sus hijos, y tampoco creo que para ellos. Pero si tu quiere, al igual que yo, darle una educación consciente, espero que lo logremos, tenemos que empezar con nosotros mismo, para poder después pasarlo a nuestro hijos. ¿Qué harías tú para lograrlo? [2]